En el año 1633 el Papa Urbano VIII, quien pretendía ser el sapientísimo e infalible vicario de Cristo, haciendo alarde de su “sabiduría” mandó encarcelar a Galileo porque éste enseñaba que la tierra giraba sobre sí misma y a la vez alrededor del sol.
Al gran Galileo, para salvarle la vida después de haber sufrido durante muchos, muchos meses en los calabozos de la Inquisición, se le hizo salir, con la creencia de los inquisidores, de que la prisión había quebrantado la fe de él en las “herejías” que había estado enseñando. Pero como se viera que Galileo aún conservaba las ideas que antes había expuesto, el Papa lo mandó a la cámara de tormento, donde el pobre anciano sufrió muchas veces, con estoicismo, el suplicio de la cuerda.
Al fin, quebrantado y vencido por los sufrimientos físicos y morales, fue obligado a abjurar en esta forma: “Yo, Galileo, a los setenta años de edad, arrodillado ante sus eminencias y teniendo ante mis ojos los Santos Evangelios que toco con mis propias manos, abjuro, detesto y maldigo el error y la herejía del movimiento de la tierra.”
La justicia divina y la sabiduría que Dios ha transmitido a los hombres, han exaltado a Galileo colocándolo entre los sabios más ilustres que el mundo ha conocido, y han humillado al altivo Papa Urbano VIII colocándolo entre los hombres más presuntuosos e ignorantes de la tierra
Éxodo 1:8-22 :Años después, hubo un nuevo rey. Como ese rey no sabía nada de lo que José había hecho para ayudar a Egipto, le dijo a su pueblo:
«Fíjense en los israelitas. Ya son más fuertes que nosotros, y si no los manejamos con cuidado, van a seguir aumentando. Entonces, cuando haya guerra, se unirán a nuestros enemigos, pelearán contra nosotros, y luego se irán del país».
Para humillar a los israelitas, los egipcios los pusieron a las órdenes de capataces, y los obligaron a construir las ciudades de Pitón y Ramsés. En esas ciudades el rey de Egipto guardaba sus provisiones. Pero mientras más maltrataban los egipcios a los israelitas, más crecían ellos en número.
Tanto era el miedo que los egipcios sentían frente a los israelitas, que los trataban con mucha crueldad y los hacían trabajar muy duro. Hasta los pusieron a mezclar barro para hacer ladrillos, y también a trabajar en el campo.
Había en Egipto dos mujeres que ayudaban a las madres israelitas cuando iban a tener un hijo. Una de ellas se llamaba Sifrá, y la otra se llamaba Puá. Las dos eran hebreas. El rey de Egipto las llamó y les dijo: —Cuando ustedes ayuden a las hebreas a tener sus hijos, fíjense si nace un niño o una niña. Si les nace una niña, déjenla vivir; si les nace un niño, ¡mátenlo!
Pero Sifrá y Puá respetaban a Dios, así que no obedecieron las órdenes del rey. Entonces el rey las mandó a llamar y les preguntó:
—¿Qué les pasa? ¿Por qué están dejando con vida a los niños?
Las dos mujeres le respondieron:
—Es que las mujeres israelitas no son como las egipcias. Al contrario, son tan fuertes y saludables que tienen sus hijos ellas solas, sin nuestra ayuda.
Como Sifrá y Puá honraron a Dios, él las trató bien y les permitió tener muchos hijos. Y como los israelitas seguían haciéndose más numerosos, el rey de Egipto le ordenó a todo su pueblo: «¡Echen al río a todos los niños israelitas que nazcan, para que se ahoguen, pero dejen con vida a las niñas!»
1 Samuel 14:24-45 Todos los israelitas estaban muy cansados, pero ninguno de ellos había comido porque Saúl había hecho este juramento: «Todo el que coma algo antes del anochecer, y antes de que me haya vengado de mis enemigos, será condenado a muerte».
La gente tenía mucho miedo del juramento de Saúl, así que cuando llegaron a un bosque donde había mucha miel, ninguno de ellos se atrevió a probarla. Como Jonatán no estaba enterado del juramento que había hecho su padre, tomó miel con el palo que llevaba en su mano, y en cuanto la probó, cobró nuevas fuerzas.
Pero uno de los soldados le dijo:
—Su padre ha hecho un juramento. Cualquiera que coma algo hoy, quedará bajo maldición y será condenado a muerte. Por eso, aunque estamos muy cansados, no hemos comido nada.
Jonatán respondió:
—¡Con ese juramento mi padre le ha hecho mucho daño al pueblo! Si yo, con un poco de miel, he recobrado las fuerzas, imagínense cómo habría sido si el ejército hubiera comido hoy de la comida de nuestros enemigos: ¡su victoria habría sido mayor!
La batalla se extendió desde Micmás hasta Aialón, y no paró hasta que los israelitas derrotaron a los filisteos. Pero los israelitas terminaron muy cansados, así que esa misma noche tomaron las ovejas, vacas y terneros que les habían quitado a los filisteos, y los mataron, comiéndose la carne con todo y sangre. Pero alguien le dijo a Saúl:
—La gente está comiendo carne con sangre, y Dios nos ha prohibido hacer eso.
Enojado, Saúl dijo:
—¡Ustedes nunca obedecen a Dios! Tráiganme pronto una piedra grande, y díganle a la gente que traiga aquí su toro o su oveja. Que los maten aquí, y se los coman sin sangre. Así no ofenderán a Dios.
Esa misma noche cada uno llevó su propio toro y lo sacrificó allí. En ese lugar Saúl construyó por primera vez un altar para adorar a Dios. Luego les dijo a sus soldados:
—No pasará esta noche sin que acabemos con los filisteos y nos quedemos con todas sus pertenencias.
Y ellos le contestaron:
—Haremos todo lo que usted nos mande.
Pero el sacerdote le dijo:
—Primero debemos consultar a Dios.
Entonces Saúl le preguntó a Dios: «¿Puedo perseguir a los filisteos? ¿Nos ayudarás otra vez a vencerlos?» Pero Dios no le contestó, así que Saúl les dijo a los jefes de su ejército:
—Acérquense y díganme por culpa de quién Dios no me responde. Les juro por Dios que morirá, aunque se trate de mi hijo Jonatán.
Pero ninguno le respondió. Entonces Saúl le dijo a todo el pueblo:
—Pónganse ustedes de aquel lado, y mi hijo Jonatán y yo nos pondremos de este otro.
Y el pueblo le respondió:
—Haremos todo lo que usted nos mande.
Saúl echó suertes y le pidió al Dios de Israel: «Dime quién tiene la culpa, si Jonatán, el pueblo, o yo».
La suerte recayó sobre Jonatán y Saúl, de modo que el pueblo quedó libre de culpa. Entonces Saúl dijo: «Ahora echemos suertes entre Jonatán y yo».
Como la suerte recayó sobre Jonatán, Saúl le dijo:
—Dime lo que hiciste.
Y Jonatán le respondió:
—Lo único que hice fue probar un poco de miel. ¿Por eso me van a matar?
Saúl le contestó:
—¡Jonatán, que Dios me castigue duramente si no mueres!
Pero la gente se opuso a Saúl:
—De ninguna manera vamos a permitir que Jonatán muera. Gracias a él, y con la ayuda de Dios, Israel ha alcanzado una victoria total.
Así fue como la gente le salvó la vida a Jonatán.
1 Samuel 18:6-29: Sin embargo, desde el día en que David mató a Goliat, Saúl comenzó a tener mucha envidia de David. Y es que cuando el ejército regresó de la batalla, las mujeres salieron a recibir al rey y en sus danzas y cantos decían: «Saúl mató a mil soldados, pero David mató a diez mil».
Al oír tales cantos, Saúl se enojó mucho y pensó: «A David le dan diez veces más importancia que a mí. ¡Ahora sólo falta que me quite el trono!»
Al día siguiente, mientras David tocaba el arpa, Dios envió a un espíritu malo para que atormentara a Saúl. Entonces Saúl se puso como loco dentro del palacio, y como tenía una lanza en la mano, se la arrojó a David con la intención de dejarlo clavado en la pared. Pero David logró quitarse a tiempo dos veces.
Saúl le tenía miedo a David, pues se daba cuenta de que Dios lo cuidaba y lo ayudaba a ganar las batallas, mientras que a él lo había abandonado. Entonces Saúl envió a David al campo de batalla y lo puso al frente de mil soldados. David ganó todas las batallas que sostuvo, porque Dios lo ayudaba. En todo Israel y Judá querían mucho a David porque él era su líder.
Un día, Saúl le dijo a David: «Mira, te voy a dar como esposa a mi hija Merab. Lo único que te pido es que seas valiente y que, en el nombre de Dios, salgas al frente del ejército en las batallas».
En realidad, lo que Saúl quería era que mataran a David. Por eso pensaba: «En lugar de que lo mate yo, que lo maten los filisteos».
Pero David le contestó: «Ni mi familia ni yo merecemos ser parientes del rey».
Llegó el día en que Merab debía casarse con David, pero Saúl se la dio como esposa a Adriel de Meholá. Sin embargo, Mical, la otra hija de Saúl, estaba enamorada de David. Cuando Saúl lo supo, se puso muy contento, pues pensó: «Si David quiere casarse con Mical, tendrá que luchar contra los filisteos para ganársela. Y allí los filisteos lo matarán». Entonces le dijo a David: «Hoy mismo te casarás con mi hija».
Además, Saúl le ordenó a sus ayudantes: «Hablen a solas con David, y díganle que mis ayudantes y yo lo queremos mucho; que acepte ser mi yerno.»
Los ayudantes del rey regresaron para hablar con David, pero él les dijo: «Yo no soy más que un hombre pobre y sin importancia. ¿Cómo pueden pensar que llegaré a ser yerno del rey?»
Los ayudantes del rey fueron y le dijeron a Saúl lo que David pensaba, y Saúl les dijo:
«Díganle a David que no quiero que me dé nada por mi hija. Lo que quiero es que me traiga la prueba»
En realidad, Saúl quería que los filisteos mataran a David.
A David le pareció bien lo que el rey pedía, y antes de que se cumpliera el plazo fue con sus hombres y mató a doscientos filisteos, y le llevó a Saúl la prueba que le había pedido. Entonces Saúl le dio como esposa a su hija Mical, y así David llegó a ser parte de la familia del rey.
Cuando Saúl comprobó que Dios protegía a David, y que su hija Mical en verdad lo amaba, le dio mucho miedo. Por eso llegó a odiar a David y se convirtió en su enemigo de toda la vida.
1 Samuel 22:6-19 Mientras tanto, Saúl estaba en el cerro de Guibeá, sentado bajo la sombra de un árbol y rodeado de sus ayudantes. En la mano sostenía una lanza. En cuanto Saúl supo dónde estaban David y sus hombres, (7-8) les dijo a sus oficiales:
—Ustedes, los de la tribu de Benjamín, oigan bien lo que voy a decirles. ¿Por qué me han traicionado? Díganme si David les ha prometido darles campos y viñedos, o hacerlos jefes de su ejército.
»Si no lo ha hecho, ¿por qué nadie me advirtió que mi hijo se puso de parte de David y le ayudó a rebelarse contra mí? ¿Por qué nadie se preocupa por mí?
En ese momento Doeg el edomita, que estaba entre los oficiales de Saúl, le dijo:
—Yo vi a David en Nob, cuando fue a ver a Ahimélec, el hijo de Ahitub. Allí Ahimélec le dio un mensaje de parte de Dios, le dio de comer, y también le entregó la espada de Goliat el filisteo.
Entonces el rey mandó traer al sacerdote Ahimélec y a todos sus familiares, que también eran sacerdotes en Nob. Y Saúl le dijo a Ahimélec:
—Escúchame bien.
—Hable usted, Su Majestad —contestó Ahimélec.
—¿Por qué me has traicionado, como lo hizo David? —preguntó Saúl—. ¿Por qué le diste a David comida y una espada, y además le pediste a Dios que lo ayudara? ¡David quiere acabar conmigo, y sólo está esperando una oportunidad para hacerlo!
Y Ahimélec le respondió:
—¡Pero si David es el más fiel de sus servidores! ¡Está casado con su hija, es jefe de sus guardias, y el hombre más apreciado en palacio! ¡Esta no es la primera vez que yo consulto a Dios en cuanto a lo que David debe hacer! Además, yo no sabía nada de los problemas que él tiene con usted. Ni yo ni mi familia hemos traicionado a Su Majestad.
Pero el rey le dijo:
—¡Eso no me importa! ¡Tú y toda tu familia van a morir!
Enseguida el rey les ordenó a sus guardias:
—¡Maten a los sacerdotes de Dios! Ellos sabían que David estaba huyendo de mí, y en vez de darme aviso le dieron protección.
Pero como los guardias no se atrevieron a matar a los sacerdotes de Dios, el rey le ordenó a Doeg: «¡Mátalos tú!»
Entonces Doeg, como no era israelita, mató ese día a ochenta y cinco sacerdotes. Además, fue a la ciudad de Nob, donde vivían los sacerdotes, y mató a hombres, mujeres, niños y recién nacidos, y a todo el ganado.

